domingo, 12 de octubre de 2008

"esos malditos libros"

residencia de Hölderlin entre 1807 y 1843Residencia de Hölderlin en Tubinga entre 1807 y 1843

Desde 1807 hasta su muerte, en 1843, Hölderlin vivió, "loco", en casa de Ernst Zimmer, un carpintero ebanista que admiraba Hiperión y hacía trabajos para la clínica donde habían internado al poeta un año antes ("¡No quiero ser jacobino!", gritó la noche que se lo llevaban, pensando que lo detenían por conspirador). Cada tanto lo visitaban allí amigos o admiradores, y Hölderlin los atendía siempre con amabilidad desmesurada, tratándolos de "Su Majestad", "Su Excelencia", etc. Al término de una de esas visitas, en 1836, Gustav Kühne transcribió el diálogo con el ebanista que copiamos más abajo (la traducción es la de Txaro Santoro y José María Álvarez en Friedrich Hölderlin, Poemas de la locura, Madrid, Hiperión, 1994, pp. 33-36).
---Es un texto extraordinario. Repárese en la hipótesis en que insiste Zimmer: el trastorno de Hölderlin consiste en la fijación a una única idea, y fue producido por la "manía de saber" y el "entusiasmo por el paganismo". Repárese, también, en la imaginación materialista, poco "orgánica", de Zimmer: las personas son cuerpos que rebalsan, vasos que se rompen, y Hölderlin da vueltas a su idea fija como las palomas a una veleta (cf. último verso de "Hälfte des lebens"). Repárese, asimismo, en el poder de observación de Zimmer: "declama como un actor, con aires de conquistar el mundo", "hace ramilletes y después los destroza", "tiene un gran poder de negación", "es su modo de mantener a distancia a la gente". Repárese, finalmente, en el desdén con que el "suavo" trata la hipótesis del luto amoroso (Susette "Diótima" Gontard había muerto en 1806): "Una vez cumplidos los treinta, el amor ya no trastorna la cabeza". Y con todo, Zimmer cree que las "confusas palabras" de Hölderlin a menudo "encierran mucho sentido".


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Zimmer: Está en mi casa desde el momento en que lo soltaron de la clínica. Lo tuvieron allí dos años, lo medicaron, lo revolvieron de arriba a abajo sin encontrar qué era lo que tenía. No pudo decir a nadie qué le faltaba. A decir verdad no le falta nada. Lo que tiene de más, eso es lo que le ha vuelto loco.

Kühne: ¿Es cierto que el pobre enfermo no ha tenido más crisis desde hace ya tiempo?

Zimmer: A decir verdad, no está loco, lo que se dice loco. TIene perfectamente sano el cuerpo, su apetito es bueno, se bebe su buen medio litro todos los días a la misma hora. Duerme bien, salvo con los fuertes calores del verano; entonces se le oye subir y bajar las escaleras toda la noche. Pero no hace mal a nadie. Es una buena compañía en mi casa. Se sirve él mismo, se viste y se mete en la cama sin ayuda de nadie. También sabe pensar, hablar, tocar música y hace todo lo que hacía en otros tiempos.

Kühne: ¿Pero sin continuidad?

Zimmer: ¡Ah, sí, así es! [34]

Kühne: ¿Y cómo ha podido durar tanto tiempo este estado sin crisis, sin interrupción?

Zimmer: Para algo es suavo. Es suavo hasta el fondo... Si se ha vuelto loco, no es por falta de espíritu, sino a fuerza de saber. Pues bien, si se recogen los trozos, se ve que todo lo que había dentro se ha esparcido. Todos nuestros sabios estudian demasiado, se llenan hasta el cuello, una gota de más y eso se desborda. Y con ello escriben las cosas más impías. El entusiasmo por el paganismo ha sido lo que lo ha hecho descarrilar, y todos sus pensamientos se han detenido en un punto, alrededor del cual gira y gira sin cesar. Se diría un vuelo de palomas arremolinándose sobre el tejado alrededor de una veleta. Gira todo el tiempo hasta que cae abatido, al límite de las fuerzas. Créanme, eso es lo que le ha vuelto loco. Esos malditos libros, todo el día abiertos sobre la mesa, y cuando está solo, desde por la mañana hasta por la noche se lee a sí mismo pasajes en voz alta, declamando como un actor, con aires de querer conquistar el mundo. No merece la pena obstinarse así en esto, siempre lo mismo, es lo que llaman una idea fija.

Kühne: Se habla de una historia de amor.

Zimmer: Créame. No es así, en absoluto. Una vez cumplidos los treinta, el amor ya no trastorna la cabeza. La causa de todo es su manía de saber y no la dama de Frankfurt. ¿Me mira usted con asombro? Ustedes, los de ahí abajo, tienen una idea equivocada de nosotros los suavos. Ustedes creen que no nos volvemos razonables antes de los cuarenta años. Pues bien, no; todo lo contrario. No hay suavo al que el amor le haga perder la razón una vez que tiene treinta años a la espalda...
---Hay que tomarle como a un niño y entonces es dulce y amable... En una época yo lo llevaba a los viñedos. Me jugó toda clase de malas pasadas. En la actualidad se pasea solamente [35] por el jardín. Se levanta con el sol. No puede soportar quedarse en casa y se va a pasear al jardín. Golpea el vallado, recoge hierbas y flores, hace ramilletes y después los destroza.

Kühne: Los poetas alemanes no hacen otra cosa en toda su vida. Ninguno de ellos lo ha hecho mejor.

Zimmer: Todo el día está hablando en voz alta, haciéndose preguntas y respondiéndose -todo el tiempo-, y sus respuestas rara vez son afirmativas. Tiene un fuerte espíritu de negación.

Kühne: Es la suerte que nos espera a todos cuando envejezcamos.

Zimmer: Cuando está cansado de haber andado se retira a su cuarto, declama al vacío con la ventana abierta, no sabe cómo desembarazarse de su gran saber. A veces se sienta a su espineta y toca durante cuatro horas sin cesar, como si quisiera hacer salir hasta la última brizna de su saber. Y siempre el mismo tono monótono, la misma cantinela, que uno ya no sabe dónde meterse en toda la casa. Tengo que dominarme con todas mis fuerzas para que no me estalle la cabeza. Pero por otra parte a menudo toca muy bien. Lo único molesto es el ruido de sus uñas demasiado largas. Es toda una batalla cortárselas...
---Cuando aún vivía su madre, le reprendí y le dije que estaba muy mal por su parte no pensar más en ella; y entonces reaccionó y le escribió una carta. Sus cartas eran completamente claras y como es debido, como escribiríamos usted y yo: "¿Cómo te va, querida mamá?" y todo lo demás. Es verdad que una vez terminaba su carta diciendo: "Adiós, tengo estremecimientos, siento que debo terminar".

Kühne: ¿Aún escribe versos?

Zimmer: Casi todo el día... [36]
---Voy a advertirle una cosa. Usted habrá oído hablar de su hábito de otorgar títulos a todos los extraños que se le acercan. Es su modo de mantener a la gente a distancia. No hay que confundirse, es un hombre libre a quien no le gusta que le pisen. Siempre está repitiendo: "Nada ha de sucederme". Cuando empieza a estar harto y quiere irse, es suficiente que se le diga: "Quédese usted un poco más con nosotros, señor Bibliotecario". Puede estar seguro de que agarrará su sombrero, se inclinará profundamente y responderá: "Su Majestad ha ordenado que me vaya". De esta forma da a la gente lo que pueda desear, permaneciendo él libre. Mire, cuando abruma a alguien con tantos títulos, es su forma de decir: "Déjeme en paz"... Pero aquí está... Hoy está de muy mal humor. Dice que desde esta mañana la fuente de la sabiduría está envenenada y que los frutos del conocimiento son sacos vacíos, engaños, ¿no? Se habrá usted fijado que estaba sentado sobre el manzano, rompía las ramas muertas y quitaba las hojas secas. Muchas veces sus palabras confusas encierran mucho sentido.

1 comentario:

Matías Butelman dijo...

Sufría lo mismo que Puan